Lina Vila. Foto: María maira

Fotos: María Mira

Cuando Lina Vila acabó COU lanzó una moneda al aire para decidir qué iba a estudiar. Bellas Artes o Arte Dramático. Salió la primera. Hasta cuarto de carrera pensó que se había equivocado. Fue entonces cuando Gabriel Songel y Manuel Lecuona le enseñaron, le explicaron, que el diseño existía. Y descubrió lo que de verdad le gustaba.

En su familia no había habido ningún antecedente relacionado con el diseño, pero sí una vena artística muy pronunciada. «En la familia materna de mi padre había mucho arte, eran músicos, pintores… con un sentido del humor brutal, unos cachondos. Nunca les conocí porque nací mucho después, pero sus fiestas, sus celebraciones familiares, eran famosas, cada uno con un instrumento… Bromas, olor a puro, risas».

Lina fue una digna heredera de aquel ADN familiar desde pequeña. «Era todo un personaje, nada traviesa, pero la graciosilla de la clase. Imitaba a los profesores, me llevaba bien con todo el mundo, era muy social, ganaba premios de dibujo… eso sí, suspendía la mayoría de asignaturas; para mi madre era desesperante, pero yo es que estaba en mi propio planeta».

Fue aprobando cursos hasta que llegó a la facultad. «Mis padres accedieron a que hiciera Bellas Artes porque pensaban que acabaría dando clases de profesora en algún sitio, pero yo no quería ser docente». Lina reconoce que hasta que Songel y Lecuona se cruzaron en su camino estaba «más perdida que perdida; me faltaba un briefing, descubrí que era más ordenada de lo que pensaba. Necesitaba que me dijeran para qué hacer algo, que me llevaran». Y eso se lo dio el diseño. «Que me plantearan un problema y tener que resolverlo gráficamente me parecía fantástico».

Una beca del IMPIVA, un estand en FIMI (Feria Internacional de Moda Infantil y Juvenil) y Textilhogar, su primer contacto con la realidad. La empresa Gandía Blasco, que estaba en pleno proceso de renovación, vio sus diseños, hablaron con ella, «hicimos una colección de alfombras infantiles basadas en esos personajes. Fue una barbaridad aquello».

Lina se sube a La Nave

Cuando terminó Bellas Artes le surgió la posibilidad de entrar a aprender en La Nave, el mítico colectivo valenciano de diseñadores. Fue en una etapa cercana a su final, pero aún pudo contagiarse de su esencia.

«En La Nave había una forma de entender el diseño que luego no se ha trasladado a ningún otro sitio; todo era posible»

De todos los integrantes de La Nave, Lina conectó especialmente con Paco Bascuñán. «La conexión fue muy grande. Me sentaba detrás de él. Teníamos un sentido del humor muy similar. Paco era muy especial. Era muy profesional y tenía una humanidad enorme. Siempre estaba dispuesto a ayudar. Y, como digo, un sentido del humor maravilloso».

Su primera vez

A Lina tuvimos oportunidad de entrevistarla para convertirla en protagonista de nuestro PRINT número 10. En su estudio, durante la charla, además de risas –muchas risas– aprovechamos para preguntarle por su primera experiencia en una imprenta, que fue Gráficas Izquierdo en València; «recuerdo a Vicente Andreu enseñándome las máquinas y explicándome los procesos de impresión; colaboramos muchos años y recuerdo estar a pie de máquinas mientras salían las primeras pruebas, comprobando y ajustando hasta dar el OK. La imprenta daba a una plaza donde había un bar y en ese bar había cerveza muy fría. Así os lo cuento».

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